martes, 27 de junio de 2017

El dolor: ese poderoso aliado

Dedicado a mi amiga Noelia, por la que me he levantado de la cama a las dos de la mañana para escribir esto, ahora que bullía en mi cabeza para que no se me olvidase.
Inspirado en la fantástica interpretación del dolor en el parto que nos hizo la matrona Rachel en la clínica Acuario, cuando fuimos al curso preparto para el nacimiento de nuestra segunda hija. Ilustrado en mi cabeza con la experiencia de mis dos PVDC naturales y narrado por la noctámbula que hay en mí. Espero sea de ayuda! :)

Vamos a hablar del dolor en el parto. Y para comenzar con buen pie, voy a ser positiva, que yo no me he levantado de la cama para asustar a nadie:
Quizás eres de esas mujeres que tienen un parto rápido, indoloro y fantástico.
Tal que así:

Ay, ay. Pum! Bebé fuera. [Felicidades.] (Nomehablesnuncamassiesasí)

Para el 999% del resto de mortales, la cosa no va así, siento ser aguafiestas. Nos duele. Mucho. Muchísimo. Mucho más que muchísimo. Pero como por eso sí que he pasado, vengo a hablarte de ello... y voy a contarte una historia.

Érase una vez una mujer fuerte, poderosa y valiente (como casi todas las mujeres), que estaba gestando a su deseado primer bebé. La gestación iba avanzando, y aquella poderosa mujer se apuntaba a todos los yogas y osteópatas premamá que se cruzaban en su camino para poderle dar una buena bienvenida a su bebé. Había un temilla que le preocupaba un poco y prefería no hablar demasiado de ello. Bueno, en realidad le preocupaba bastante. Más bien la tenía aterrorizada: EL DOLOR. Ese diablo vestido de negro que portaba los dolores del demonio para hacernos sufrir por toda la eternidad mientras intentábamos traer una criatura al mundo, realmente le quitaba el sueño a nuestra mamá fuertepoderosavaliente y hacía que temiera el momento de tener a su bebé en brazos.
Así, en confianza, os diré que... ¡tenía razón!¡No se quejaba de vicio! ¡Aquel dolor era el dolor físico más duro que había sobre la faz de la tierra! O al menos el más duro que la mayoría de mujeres habíamos llegado a experimentar, vaya. (Y la verdad, compadezco a quien haya sufrido uno peor, si es que existe.)

Pero por mucho miedo que le tuviera, por mucho que quisiera evitarlo, el momento del final de la gestación se aproximaba rápido, sin descanso, y finalmente, un buen día, llamó a la puerta de nuestra mamá fuertepoderosavalienteATERRORIZADA.
El Sr.Dolor tenía un buen amigo, el Sr. Nervios, que solía acompañarle en cada nuevo nacimiento. El Sr. Nervios tenía un máster (primero de la clase) en manipulación mental. Era un susurrador especialista en los "no puedes", "tú no lo vas a conseguir", "venga sal corriendo al hospital que aquí no estás segura", "esto es demasiado para tí", "deja a los médicos que tú no sabes, que tú no puedes, que tu opinión no importa", "piensa en tooodo lo malo que puede sucederle al bebé", "piensa en tooodo lo que puede pasarte a tí", "este dolor no es normal, seguro que algo va mal". Y así, una infinidad de susurros demoledores que sabía interpretar a la perfección. Así que, como comprenderéis, entre el Sr. Dolor y el Sr. Nervios, volvían literalmente locas a las mamás a punto de dar a luz. En ocasiones, las ponían tan, tan nerviosas, que las anulaban por completo, las bloqueaban y conseguían que el parto se estancase, se paralizase... y aquello solía traer consecuencias. ¡Pero si las mamás estaban preparadas y seguras de sí mismas, no sucedía nada de eso!

Así que, como iba diciendo... llegó el día en que el pequeño hijo de aquella mujer fuertepoderosavalienteaterrorizada, decidió llegar a este mundo. Y con la primera contracción... ¡DING DONG" -llegó el Sr. Dolor. Aquel dolor daba miedo de verdad. Aquel dolor era fuerte de verdad. Vaya si dolía. Parecía que se había estado poniendo cachas en el gym durante los nueve meses de gestación, porque era imparable. Con la segunda contracción... ¡DING DONG!, -llegó el Sr. Nervios.
Al principio, mientras se iba cambiando de ropa, poniendo el uniforme, sacando el maletín... el Sr. Dolor no estaba muy atento al trabajo y no le prestaba demasiada atención a las contracciones de nuestra mamá. Era lento vistiéndose, le solía llevar algunas horas...o 3cm de dilatación, pasados los cuales comenzaba el trabajo de parto. Pero una vez ya estuvo listo y se hubo metido en faena, comenzó a darlo todo esforzándose al máximo, al máximo, con cada contracción, para hacerle aquél día una auténtica tortura a nuestra mamá cada vez más aterrorizada. Por su parte, el Sr. Nervios no había parado de explicarle todas las frases que había estado ensayando, todas las que se sabía, con detalle, al oído, una y otra vez por si acaso ella no lo había escuchado.
Cuando llegaba una nueva contracción, nuestra mamá se cerraba por completo, se arrugaba, se tensaba, se resistía con todas sus fuerzas. Apretaba los puños, cerraba fuerte los ojos, apretaba los dientes, encorvaba su cuerpo, ella era fuerte y estaba dispuesta a flanquear todas las entradas y no dejarle pasar. Pero aquél dolor se había machacado en el gym de verdad... y era más fuerte que ella. Por mucho que ella se esforzaba al máximo, por mucho que ella se cerrase, por mucho que intentase bloquearle la entrada... él conseguía meterse dentro de su cuerpo. Las contracciones cada vez dolían más, duraban más, y costaba más resistirse a ellas. Pero nuestra valiente y fuerte mamá estaba dispuesta a desafiarlo, ella sabía que era fuerte y poderosa, ella podía desafiar al dolor, ¡¿qué se había pensado?!
Pasados unos minutos, el trabajo del Sr. Nervios comenzaba a surtir efecto, y nuestra mamá comenzaba a dudar de todo. Ella no iba a poder, aquello era demasiado, aquello no era normal, ella no era fuerte, ella no podía con tanto, ella se hacía pequeña...
Y volvía el Sr. Dolor. Implacable, desgarrándola por dentro, haciéndole sentir que le quitaba la vida, estirando cada contracción hasta el límite... y un poco más allá. Torturándola.


Nuestra mamá se esforzaba tanto en hacer frente al dolor que estaba agotada. Y no sólo se agotaba con cada interminable contracción ofreciendo toda la resistencia de la que era capaz, sino que cuando la contracción salía a tomar aire, ella seguía en posición de defensa, a la espera de que atacase de nuevo, para que no la pillase desprevenida. Y volvía al ataque, pero ella estaba preparada con sus puños cerrados, su cuerpo encorvado, sus dientes apretados. Y se iba a coger aire, pero ella seguía en tensión, incapaz de bajar la guardia. Era tanta la resistencia que hacía, que cuando el Sr. Dolor debía salir a tomar el aire, hasta le costaba trabajo salir, y tardaba un poco más de lo normal en estar fuera de su cuerpo.
Por si fuera poco, cada vez que salía, entraba de nuevo en su cabeza el Sr. Nervios y volvía a susurrarle aquellas demoledoras palabras una y otra vez, una y otra vez, hasta que volvía a apoderarse de ella el Sr. Dolor... y así, sin parar, estaban los tres sumidos en una lucha sin fín, demoledora para nuestra mamá.

Harta, exhausta, completamente agotada y abatida, la mamá fuertepoderosavaliente sacó fuerzas de donde no las tenía y enfadada, con sus últimas fuerzas, le gritó al Sr. Dolor:

- ¿Por qué??? ¿Eh? ¿Por qué a mí? ¿Se puede saber qué te he hecho yo para que te estés ensañando conmigo de esta manera? ¡No me dejas ni respirar! ¡Me tienes aterrorizada! ¡Siento que voy a morir con cada contracción! ¡Este dolor no es humano! ¿No crees que te estás pasando?¡Déjame en paz de una vez! ¡Vete, no te quiero más aquí! ¡VETE, DÉJAME EN PAZ!¡Ya no te soporto!

El Sr. Dolor, algo trastornado por tener que abandonar de golpe su labor, se quedó mirando a nuestra mamá. Se frotó la barbilla. Masculló algo. Y, tras unos segundos de reflexión, le dijo.

-Tú me has llamado. Encargaste una vida, por eso estoy aquí.

-¡De eso nada! ¡Yo no te llamé! ¡Yo sólo quiero a mi bebé, vete de aquí, estoy harta de tí!

-Creo que no sabes quien soy en realidad y por eso te comportas de este modo. Soy un comerciante. Soy el comerciante jefe de la vida. Estoy especializado en nacimientos. Si lo prefieres, puedes llamarme "moneda de cambio". Soy tu aliado, no tu enemigo.

-¿Aliado tú? ¡Pero si eres un torturador!

-No. No te estoy torturando, estoy trabajando. Y tú no me dejas trabajar con esa actitud. Es cierto que soy doloroso, es cierto que soy el dolor más fuerte que has sufrido en toda tu vida, pero es que mi labor es la más poderosa que harás en toda tu vida. El esfuerzo es proporcional al valor de lo que vas a conseguir. Mi trabajo es abrir tu cuerpo, poco a poco, con cada contracción, para que tu hijo pueda atravesarte para nacer. Debes dejarme trabajar, o de lo contrario, se lo ponemos difícil al pequeño. Él trabaja duro conmigo, trabaja duro desde dentro para llegar hasta tus brazos, trabaja duro contigo aunque no lo veas. Él se está esforzando con cada contracción para conseguir nacer, yo me encargo de abrir tu cuerpo para que él pueda hacerlo. ¿Y tú..? Tú no nos dejas trabajar, eso estás haciendo. Me aprietas con los puños, con la mandíbula cerrada. Me pones resistencia a cada paso que doy, haces que mi trabajo me esté costando el doble... ¡mírame! ¡Si estoy sudando!!!

El pobre Sr. Dolor estaba sudando de lo lindo, realmente. Tenía cara de esfuerzo, daba un poco de miedo... pero por primera vez lo miró a los ojos y pudo ver honestidad en sus palabras. No vio maldad. Aun así, no acababa de ver cómo podía encajar aquello que él le estaba pidiendo...

-Pero... pero... cómo voy a dejarte a tus anchas? ¡Vas a dolerme más! ¡Me estás derrotando, vas a ganarme!

-Te equivocas de nuevo. Yo no quiero ganarte. Soy tu aliado. Confía en mi, déjame hacer mi trabajo. Déjame entrar sin oponer resistencia. Respírame. Necesito llegar a cada rincón de tu cuerpo para poderme expandir y abrirte. Necesito abrirte para que tu bebé pueda hacer su camino. Necesito cada contracción para trabajar, y salgo tras cada contracción de tu cuerpo para que los dos podamos descansar. ¡Y tú no lo haces! ¿Cómo no vas a estar agotada?¡Debes relajarte cuando la contracción remite para poder recuperar fuerzas!

-En... entonces... ¿qué debo hacer? ¡Yo no he parido antes! ¡Yo no se! ¡No voy a saber! ¡Y estoy nerviosísima!

-Por supuesto que puedes. ¿Acaso no pudiste quedarte embarazada sin haberlo estado antes? ¿Acaso no pudiste gestar a tu bebé sin haber gestado antes? Pues del mismo modo puedes parir, porque tu cuerpo sabe hacerlo sólo. Tú simplemente déjalo trabajar. Seamos un equipo, confiemos el uno en el otro: tú, tu bebé, tu cuerpo y yo. Podemos conseguirlo...
Te puede ir bien recopilar música que te relaje para el día del parto, escribirte antes del parto notas positivas, empoderadoras, inspiradoras, y clavarlas en un tablero que te llevarás al lugar del parto, ver vídeos de partos naturales o hablar con otras mujeres que hayan tenido partos similares. Visualízate pariendo a tu bebé en las semanas previas al parto.

Si me dejas trabajar, te ofrezco un trato: haré que trabajen para tí tus ENDORFINAS, ayudándote a soportar el dolor. Cuando nazca tu bebé me iré y no volveré nunca más. Te recuperarás mejor y más rápido. Estarás más fuerte para poder criar a tu bebé. Te sentirás aun más FUERTEPODEROSAVALIENTE de lo que jamás te habías sentido. Y será tan grande e inmenso lo que sientas... que ¡quizás me llamas dentro de unos años de nuevo, para traer otra vida al mundo!

Si por el contrario, sigues queriendo que desaparezca, llamaré a un camello amigo mío para que venga y te pase algo de mercancía... Es buena, no te enterarás de que estoy trabajando, lo llaman Don Anestesio. No es nada aconsejable que venga demasiado pronto, porque entonces te da tal subidón que tu cuerpo se olvida de que está pariendo... y frecuentemente el parto acaba siendo reanimado con oxitocina, o siendo instrumentado o en cesárea. Pero si de verdad no quieres verme más, a partir de los 5cm de dilatación puedo hacerle una llamada para que venga volando. Como todas las drogas, su uso puede traer complicaciones, léete el prospecto y luego decides.

-Está bien. Acepto tu trato, paso del camello. ¡Pero ten en cuenta que como no cumplas tu parte, te perseguiré hasta los confines del universo!!!


El Sr. Dolor volvió a su trabajo. Y esta vez nuestra querida, fuerte, valiente y poderosísima mamá lo dejó pasar. Sintió cómo entraba en su cuerpo como un tsunami, arrasando a su paso. Pero ella abrió las manos, destensó sus hombros, su vientre, su cuerpo entero. Se relajó. Respiró profundamente para darle oxígeno a su bebé y para coger fuerzas. Cerró suavemente los ojos para imaginarse aquella ola que la estaba arrollando... aquella ola que subía metros, y más metros, dentro de sí misma... La sentía como la explosión de un volcán, llena de fuerza, de poder, capaz de hacer desaparecer el mundo a su paso. Acompañaba el dolor con su voz, con un sonido que salía de lo más profundo de ella misma, que la ayudaba a abrirse. Incluso cuando el dolor subió un poco más, y pensó que literalmente la iba a romper por la mitad, y aquél dolor se mantuvo allí, "en la cresta de la ola" durante unos segundos más, ella no opuso resistencia. Ninguna. Poco a poco la ola aflojó, comenzó a bajar el nivel del agua en su interior, el volcán dejó de escupir su lava ardiente. La contracción comenzó a desvanecerse y ella, igual que la había dejado entrar, la estaba dejando salir. Y salió, por completo. Y pudo volver a respirar, coger fuerzas, descansar unos segundos. Pudo comprobar que era cierto, que el dolor no era su enemigo, era su aliado... Pudo comprobar que las endorfinas la drogaban naturalmete para poderlo soportar. Pudo comprobar que era posible relajarse y dejarse llevar...
Pensó que si tenían que trabajar juntos, era mejor estar cómoda. Así que se apoyó sobre un enorme cubo de espuma a cuatro patas, y se relajó hasta que llegó la siguiente contracción. También probó a balancearse en una mecedora, a colgarse de un fular del techo. Seguía a su cuerpo allí donde la mandaba, en la posición que le pedía. Ya no esperaba las contracciones tensa, simplemente, cuando comenzaban a inundarla de nuevo, se dejoabainundar, sabiendo que cada contracción la acercaba un poco más a su bebé, la acercaba un poco más a la vida que estaba ayudando a nacer.
Podía hacerlo, lo estaba haciendo. Ella era poderosa, ella era fuerte, ella estaba pariendo, su cuerpo la guiaba y ella lo escuchaba. Confiaba en sí misma, confiaba en su sabio bebé y en su magnífico cuerpo. Eran un gran equipo.
Y de repente, el Sr. Nervios desapareció sin dejar rastro.

Y llegaron más contracciones. Y se fueron. Mientras ella se abría, mientras su bebé la atravesaba. Hasta que de repente, sin otro aviso que una contracción previa abrasadora...  nació la vida. De ella, que le había abierto el camino. Y el dolor se fue. Y el olor a vida lo inundó todo, como cien tsunamis, como cien volcanes juntos... Y el mundo desapareció, porque ahora ya sólo estaban la mamá y su pequeña vida, mientras el mundo giraba y la mamá osa nacía.





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